En el México mestizo, ¿los pobres tenemos un color de piel más oscuro que los ricos?

Hay algo de mágico en la prohibición de hablar de racismo en México, más allá del obvio: las comunidades indígenas. No decirlo es no convocarlo, como decir que uno no es “de izquierda” porque no quiere ser pobre o aceptar que se vive en una sociedad tan desigual que hasta teme perder la indigencia.

En la fantasía del país mestizo, los indios están en geografías aisladas, sin agua potable, hablando, entre humo de copal, otras lenguas. Si son “indígenas” están politizados y reivindican sus costumbres como leyes aparte del resto. Si son “antepasados” pueden pasar a mirar las joyas del esplendor azteca y maya.

Los demás mexicanos somos morenos en la medida en que el bigote o el rebozo nos ocultan la cara. Pero el color de la piel se correlaciona con una estructura de oportunidades o falta de ellas. El estudio del INEGI lo mide con precisión: el 88 por ciento de los encuestados se autoclasificaron como morenos, entre la “G” y la “H”, a la mitad de la tabla de pigmentación. Pero una tercera parte de los que se clasificaron como más oscuros no terminó la primaria mientras que el 28 por ciento de los más blancos concluyó su educación superior.

Cuando se les pregunta por su lugar en el trabajo, los más oscuros se desempeñan en igual proporción —una tercera parte— en trabajos manuales y de apoyo, mientras que el 32 por ciento de los más blancos son directivos.


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